Después de haber dedicado casi
todo el fin de semana a la elaboración de mis bibliografías comentadas para la
clase del día martes, he decidido darme un descanso de unos cuantos minutos,
sin embargo, a pesar de que tenía muchas ganas de dar un paseo en bicicleta,
esto será imposible, ya que como diría la canción: “parece que va llover, el
cielo se está nublando…” ¡jajaja!.
Por tal motivo he decidido
permanecer en mi hogar y posponer la salida, aunque he de confesar que pensé muchísimo
en salir o no. Tal vez si tuviera unos años menos, y no es que ya tenga una
edad avanzada; y menos responsabilidad, me iría sin pensarlo dos veces o tres o
cuatro veces el dar un paseo vespertino en bicicleta aún bajo la lluvia.
Cuando era más niña y a mis
inicios de mi adolescencia, solía andar todas las tardes en bicicleta, como
recordarán siempre he vivido en un pueblo, lo cual me permitió realizar
actividades físicas al aire libre y sin preocupación alguna de que un automóvil
fuera a atropellarme. No miento al decir, que tenía una rutina diaria de salir
a andar en bici, mi afición por las bicicletas era tanta que recuerdo que cada
año “Los Reyes Magos”, me regalaban una bicicleta nueva de acuerdo a mi
estatura y a mi edad.
Mis paseos en bicicleta eran toda una
aventura, en especial cuando llovía porque me gustaba pasar lo más rápido que
podía por los charcos y mojarme, también me gustaba pasar entre los pequeños
espacios que hay entre los topes y las banquetas; y me gustaba competir con mis
primos en quien era el que llegaba más rápido a determinado lugar. Todo lo anterior
era muy divertido para mí, ya que me divertía muchísimo con mis primos, tal vez
porque siempre han sido mayores que yo y los retos eran mayores.
Independientemente de la
diversión que me causaba el andar en bicicleta, tenía razones poderosas para
salir de paseo, una de ellas es que tenía un compañero de paseos, el cual se
llama Benny y fue como mi primer amor, por chusco que pueda sonar, así fue,
solo que nunca fuimos novios, tal vez éramos muy inocentes o muy penosos o no
sé, pero sólo nos sonrojamos al vernos y nos sonreíamos, tal vez en ocasiones
dichos gestos eran una señal de simpatía y en algunos otras ocasiones era señal
de que la travesía en bicicleta empezaba.
A los dos nos gustaba andar en
bici, sin embargo, con el tiempo y nuestras ocupaciones, como el hecho de que
iniciamos nuestra educación media superior, nos fueron separando de nuestras bicicletas
y de nuestros paseos diarios. Y ahora en la actualidad, no damos ni un paseo ni
en bicitaxi ¡jaja!, tal vez porque yo casi no estoy en mi casa y porque él ya
se encuentra casado.
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